miércoles, 9 de noviembre de 2011

Mi Otoño

El otoño, máscara fibrosa y seca que se resquebraja sobre mí. Has llegado ya, con tus dedos fríos y lacerantes a rasgar mi cuerpo, mi memoria. Son los días en que la reflexión avisa, llama y se presenta con silenciosa brusquedad. Te has fijado en mi corazón de piedra, que guarda trozos de cristal. Ahora que lo pienso, estuve más solo en pasados otoños, cuando no había barba en mis mejillas, cuando había sueños y no pesadillas. Ahora me hice adulto. Tus manos temblorosas vinieron a saquearme, una..dos...tres y hasta cuatro veces. Me viste encontrar el amor, y llenar mi vacio de caricias besos y dulces poemas; mas ahora me ves pensar, solitario, resolviendo problemas. ¡Ay, amor me trajiste! Me besaste con tu brisna, y tus cálida secas ramas me abrazaron con carisma. Siento en mi la marcha fría, de tu rudo proceder. No te alejes viejo otoño, no sabría yo que hacer. ¿Vendras de nuevo a entrar por mi ventana, serán dulces susurros como los que me diste en mi cama? No te vayas, ¡oh otoño!, quedate hasta mañana.

miércoles, 12 de octubre de 2011





Habeís escuchado la palabra del Señor, ahora eres puro y has sido renovado.

lunes, 3 de octubre de 2011

Familia

"Te digo, me parecen seres ajenos, desconocidos; ya casi no les hablo." Me dijo solemnemente aquel joven. Su mirada inmóvil en la nada, fija en la materia no material. "Ayer pasé por la cocina, mi madre cocinaba y la vi como una fotografía vieja, de esas fotografías que estan en albumes familiares de casas ajenas y que por curiosidad hojeas. Ahi estaba, inmóvil y dinámica, estáticamente dinámica, ¿sabes?" Nada le contestaba entonces, veia su rostro sereno, sus ojos clavados en aquellas grietas de la pared. "Son parecidos a estatuas."
No es por decir algo, pero qué extraño es pensar en la familia como seres ajenos, autonomos y vanos. Alguna vez pensé en ellos, su familiaridad, su conocida apariencia, y sus reconocidos rasgos, automáticos en mi cerebro, impregnado todo de ellos. Ahora, seres difusos, casi de mi estatura (yo más grande que ellos, no en tamaño quiero decir). Y los veo como algo llamativo, interesante, distante tal vez.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

martes, 27 de septiembre de 2011

El mártir

No sé si me di a entender aquella noche, mas el caso es que quería que vieras mis ojos, ojos desesperados que clamaban por la verdad. Dentro de mi cabeza hay una araña, se mueve, teje sus hilos denodadamente y con premura, con habilidad de sastre maldito se mueve y teje la ropa que expongo y que llevo puesta. Te observo, miro tus callados ojos que se vuelcan hacía tu ser, ahi donde ocultas ese monolítico templo donde guardas tus letanias y oraciones. Pero también donde se esconden las mujeres que llevan culpa y fuego en su alma, orando se encuentran para el perdón de los pecados que han de cometer en un futuro.
-Mírame, dulce mujer, dentro de unas horas más me convertiré en martír, y subiré a lo alto de ese monte. Mira, traje mi cruz también-. Pero nada dices, tu mirada perdida en el suelo, en tu sombra. Luego, la luz mortecina de la lámpara estroboscópica de la calle te alumbra, nos alumbra a ambos.-Mírame, mírame Helena, ahora muero, muero por dentro-. Y sigues sin hablar.
Mi cuerpo tembloroso y el sonido de los autos en marcha, la avenida mortal áspera que clama y chilla.-¿Sabes que mi hermana tiene cáncer?-me dijiste depronto-.Tal vez muera, estoy angustiada. Callé entonces, para ver si decías más. Nada dijiste, un perro ladró.-Mira mi cruz, acaso no la vez, Helena, es toda de roble, tallada en roble, yo mismo la tallé una vida, ¿Es que acaso sólo vas a decirme eso?.-Y me miras con lágrimas:-¡Sólo eso te importa! Tu vida, ¿Acaso no piensas en nadie más que no seas tú, Rafael esto, Rafael lo otro. Pero todos tenemos vidas después de tí. No puedo estar más contigo, renuncio, eres un egoista.-Y recibí el primer latigazo. Tú me lo diste Helena, tú y tus frías palabras, frías y agudas como las puntas de aquellos látigos que se incrustan en mi piel. Cargué entonces con mi cruz y me la llevé con amor, despues de tí, sólo pude amar a mi cruz, porque era quien me acompañaría hasta mi muerte, a la cima de aquel monte de nombre ya olvidado...